31/12/10

Inventario de lecturas 2010


  1. El fin de lo mismo ( Marcelo Cohen, Argentina, 1992)
  2. Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) (Mario Levrero, Uruguay, 1975)
  3. Ida (Oliverio Coelho, Argentina, 2008)
  4. Fragmentos de un discurso amoroso (Roland Barthes, Francia, 1977)
  5. Como me hice monja/ La costurera y el viento (César Aira, Argentina, 1993)
  6. El crimen de Arturd Savile (Oscar Wilde, Francia/Reino Unido, 1881)
  7. El gran Gatdby (F. Scott Fitzgerald, Estados Unidos, 1925)
  8. Ulisa (Ercole Lissardi, Uruguay, 2008)
  9. Fogwil. Cuentos completos. (Argentina, 1974-2007)
  10. Herzog (Saul Bellow, Estados Unidos, 1964)
  11. Los secretos de Romina Lucas (Ercole Lissardi, Uruguay, 2007)
  12. Horas puente (Ercole Lissardi, Uruguay, 2007)
  13. Después de la gran división. Modernismo, cultura de masas y postmodernismo (Andreas Huyssen, Alemania, 1986)
  14. Historia del pelo (Alan Pauls, Argentina, 2010)
  15. El espíritu del tiempo (Edgard Morin, Estados Unidos /Francia, 1962)
  16. Culturas Híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad (Néstor García Canclini, México /Argentina, 1990)
  17. La cultura obrera en la sociedad de masas (Richard Hoggart, Inglaterra, 1971)
  18. Salón de belleza (Mario Bellatin, México/ Perú, 1995)
  19. Literatura y vida nacional (selección, Antonio Gramsci, Italia)
  20. Castoriadis. El imaginario radical (Nicolás Poirier, Francia, 2004)
  21. El hombre plural. Los resortes de la acción (Bernard Lahire, Francia, 1998)
  22. La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (Eva Illouz, Estados Unidos, 2008)
  23. Diálogo sobre el poder y el acceso al poder (Carl Smith, Alemania, 1954)
  24. El sentido social del gusto. Elementos para una sociología de la cultura (Pierre Bourdieu, Francia, selección)
  25. Campo de poder, campo intelectual (Pierre Bourdieu, Francia, selección)
  26. El salvaje de Aveyron. Psiquiatría y pedagogía en el iluminismo tardío (Philippe Pinel y Jean Itard, Francia, 1808- 1814)
  27. Efecto invernadero (Mario Bellatin, México/Perú, 1992)
  28. Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas, España, 2000)
  29. La máquina de follar y otros cuentos (Charles Bukowski, Estados Unidos, selección)
  30. Política y estética (Walter Benjamin, Alemania, selección)
  31. Benjamin, una introducción (Ricardo Foster, Argentina, 2009)
  32. Siete ensayos sobre Walter Benjamin (Beatriz Sarli, Argentina, 1990-1999)
  33. Escritos: la literatura infantil, los niños y los jóvenes (Walter Benjamin, Alemania, 1913- 1932)
  34. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (Hannah Arendt, Alemania, 1963)
  35. El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. (Carlo Ginsburg, Italia, 1975)
  36. Bartleby (Herman Melville, Inglaterra, 1859)
  37. Catedral y otros cuentos (Raymond Carver, Estados Unidos, 1976-1983)
  38. Mitologías (Roland Barthes, Francia, 1956)
  39. La universidad desconocida (Roberto Bolaño, Chile, 1993)
  40. Primer amor, últimos ritos (Ian McEwan, Inglaterra, 1975)
  41. La universidad desconocida (Roberto Bolaño, Chile, selección)
  42. Un artista del mundo flotante (Kazuo Ishiguro, Inglaterra/Japón, 1986)
  43. La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde, Francia/Reino Unido, 1895)
  44. Pálido Fuego (Vladimir Navokov, Rusia, 1962)
  45. Franny y Zooey (Jerome David Salinger, Estados Unidos, 1961)

22/08/10

ADIOS


15 de julio 1941 - 21 de agosto 2010

03/01/10

Inventario de Lecturas 2009


1. Tokio Blues. Norwegian Wood (Haruki Murakami, Japón, 1987)
2. El paraíso en la otra esquina (Mario Vargas Llosa, Perú, 2003)
3. Vindicación de los derechos de la mujer (Mary Wollstonecraft, Inglaterra, 1791).
4. Perros héroes. Tratado sobre el futuro de América Latina visto a través de un hombre inmóvil y sus treinta Pastor Belga Malinois (Mario Bellatìn, México, 2003)
5. Menos que cero. (Bret Easton Ellis, Estados Unidos, 1985)
6. Los demonios de Loudun (Aldous Huxley, Inglaterra, 1952)
7. La enfermedad y sus metáforas. El Sida y sus metáforas. (Susan sontag, Estados Unidos, 1977/1988)
8. Nunca me abandones ( Kazuo Ishiguro, Inglaterra, 2005)
9. Casi nunca (Daniel Sada, México, 2008)
10. La felicidad, el erotismo y la literatura (George Bataille, Francia, 1944-1961)
11. Mis dos mundos (Sergio Chefec, Argentina, 2008)
12. La voluntad. Volumen II: el cielo por asalto. 1969-1973 (Eduardo Anguita & Martín Caparròs, Argentina)
13. Obra poética de Paco Urondo (Argentina, 1950-1972)
14. El mar ( John Banville, Irlanda, 2005)
15. Dietario voluble (Enrique Vila-Matas, España, 2008)
16. Chesil Beach (Ian McEwan, Inglaterra, 2007)
17. El erotismo (George Bataille, Francia, 1957)
18. Un lugar llamado Oreja de Perro (Iván Thays, Perù, 2008)
19. El Testigo (Juan Villoro, Mèxico, 2004)
20. El viaje (Sergio Pitol, Mexico, 2000)
21. Descanso de caminantes. Diarios íntimos (Adolfo Bioy Casares, Argentina, 1947-1989)
22. Una posibilidad de vida. Escrituras intimas (Alberto Giordano, Argentina, 2006)
23. Mi amigo Pierrot (Raymond Queneau, Francia, 1942/45)
24. Las partículas elementales (Michel Houellebecq, Francia, 1998)
25. Cuentos Completos de Flannery O`Connor (Estados Unidos, 1946-1965)
26. ¿Qué es la propiedad? (Pierre Joseph Proudhon, Francia, 1840)
27. El guardián entre el centeno (J.D. Salinger, Estados Unidos, 1945)
28. Ampliación del campo de batalla (Michel Houellebecq, Francia, 1994)
29. El paseo (Robert Walter, Suecia, 1917)
30. Dejen todo en mis manos (Mario Levrero, Uruguay, 1994)
31. Cosa de Negros (Washington Cucurto, Argentina, 2003)
32. Bajo este sol tremendo (Carlos Busqued, Argentina, 2009)
33. Austerlitz (W. G. Sebald, Alemania, 2001)
34. La traición de Rita Hayworth (Manuel Puig, Argentina, 1968)
35. Manuel Puig: la traición de Rita Hayworth (Alan Pauls, Argentina, 1986)
36. La verdad de las mentiras ( Mario Vargas Llosa, Perú, 2002)
37. Las estructuras elementales del parentesco. Volumen I (Claude Levi-Strauss, Francia, 1949)
38. La posibilidad de una isla (Michel Houellebecq, Francia, 2005)
39. El lector (Bernhard Schlink, Suecia, 1995)
40. Biblioteca personal (Jorge Luis Borges, Argentina, 1988)
41. Boca de lobo (Sergio Chejfec, Argentina, 2000)
42. Hablemos de langostas (David Foster Wallace, Estados Unidos, 2006)
43. La memoria de Shakespeare (Jorge Luis Borges, Argentina, 1983)
44. Lecciones para una liebre muerta (Mario Bellatin, México/Perú, 2005)
45. Yo era una niña de siete años (César Aira, Argentina, 2005)
46. La novela luminosa (Mario Levrero, Uruguay, 2005)
47. Libro de esbozos (Jack Kerouac, Estados Unidos, 1952-1954)
48. Trópico de Capricornio (Henry Miller, Estados Unidos, 1939)
49. Las Hortensias y otros relatos (Felisberto Hernández, Uruguay, 1945-1974)
50. El tambor de hojalata (Günter Grass, Alemania, 1959)
51. El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo (Eva Illouz, Estados Unidos, 1992)
52. Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo (Eva Illouz, Estados Unidos, 2006)
53. Psicoanálisis de los cuentos de hadas (Bruno Bettelheim, Estados Unidos, 1975)
54. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Oliver Sack, Inglaterra, 1985)
55. La revolución electrónica (William Burroughs, Estados Unidos, 1970)
56. Doctor Pasavento (Enrique Vila-Matas, España,2005)

12/10/09

“Un lugar llamado Oreja de Perro” (Iván Thays, 2008)




Conocemos dos hábitos del trauma. Uno es la amnesia, ese olvido que no se opone al pasado sino que lo sustituye por un vacío anestésico y conmemorativo. El otro es la porfía del recuerdo en su supuesta plenitud.

La novela de Thays no subestima ni pasa por alto estas costumbres. Hay, para el primer caso, un hombre que pierde la memoria y aprende chino luego de matar a su esposa e hijo en un accidente vehicular. Y, para el segundo, una Comisión de la Verdad que difunde testimonios del terrorismo en el Perú de los ´80 y reparte dinero a campesinos de la zona más golpeada.

Como prueba el número de páginas que les dedica (aproximadamente 26/ 224) coquetea con ellos, los nombra, los orilla y, finalmente, nunca los detona. Acaso ¿debería sucumbir ante la inepcia del velo y la reproducción?

Es cierto que los héroes de Un lugar llamado Oreja de Perro son seres traumatizados: un periodista que perdió a su hijo y fue abandonado, después, por su mujer; la joven embarazada (¿por violación?) que habla con los ángeles y es hija de desaparecida. Pero, mientras el género psicológico los predispone a agolparse en el troupe de las víctimas, ellos prefieren otra cosa… Hay algo en el formato de sus memorias y de sus olvidos, una modestia, una audacia –mucho más productiva y mucho menos tolerable para la consciencia- que se resiste a la ajenidad y a la distancia de aquello que les abruma.

Y es que lo que en verdad le interesa a Thays no es la justicia para el herido (supongamos que el periodista encuentre un buen amor, el violador extravíe su miembro o los restos insepultos de la madre sean hallados) sino la responsabilidad en el uso del trauma y su materia prima, o mejor: el anuncio de su posibilidad.

Mientras el mal gusto de algunos freudianos planee sobre la figura del trauma, grupos e individuos seguirán abusando de sus ventajas, purificándose en la tranquila pose del damnificado. Es evidente, sin embargo, que algo de esa estrategia captura al sujeto en una especie de pasividad y esteriliza cualquier acción sobre la memoria, sus significados y renovaciones.

Si Un lugar llamado Oreja de Perro es, principalmente, una denuncia es porque sus personajes reniegan de lo que ciertos gobiernos, sociedades y personas perpetuan; porque reconocen (y no seccionan) el bloque injurioso de la historia; porque eligen el sentido a la autocomplacencia y el entendimiento responsable al placebo.


AGRADECIMIENTO (o material consultado).

  • Vezzetti, H. (2003). Pasado y Presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • Vezzetti, H. (2009). Demanda de Memoria.



ALGUNOS ENLACES QUE PUEDEN INTERESAR AL LECTOR:

03/08/09

"Cuentos Completos " (Flannery O´Connor, 1946-1965)


Desde la portada del libro una chica pálida hasta el vampirismo exige silencio y provoca escalofrío. La impresión aumenta cuando uno lo abre y los ancianos, profetas, niños, campesinos e idiotas que deambulan por sus páginas se convierten (sin sospecharlo ni proponérselo) en lobos para los demás hombres.
Desde este punto de vista, los relatos de Flannery O´Connor pueden interpretarse como una denuncia a la desigualdad impuesta por los juegos del poder. Es cierto que la obra aborda una y otra vez el asunto de la propiedad privada pero no subraya, sin embargo, los privilegios económicos que arrastra, los personajes siempre permanecen fuera del circuito del consumo y del lujo; lo que evidencia es, mas bien, un coctel de creencias burguesas que subordinan al otro bajo un manto moral.
Militantes de un cinismo inocente, infectos por la lógica perversa del “respeto”, el reparto de los cuentos atraen sobre sí las extravagantes relaciones entre el dominio y la benevolencia.
Podría decirse, entonces, que el efecto estremecedor deriva del tropiezo con la reversibilidad de la que están hechos los valores: capaces de promover las mas tiernas acciones a condición de reivindicar la superioridad de su ejecutor. La compasión se delata insuficiente y reclama indemnización; el altruismo nunca satisface y añora egolatría… de allí el carácter trágico del poder… de allí el fracaso de la Redención.

Para mayor y mejor información remitirse a las siguientes páginas:
Contra el lector cansado (Gustavo Martín Garzó)
La buena gente del campo. Flannery O´Connor
Cuentos de una escritora demasiado realista. Flannery O´Connor en dos visiones distintas: con y sin fe (Pedro de Miguel y Francisco Casavella)

24/06/09

"Las Partículas Elementales" (Michel Houellebecq, 1998)




Hasta ahora no había nada como el género futurista de los modernos para reconciliarse con nuestra pequeña servidumbre y celebrar la ternura del hombre. No hay dudas de que Un Mundo Feliz (Aldous Huxley, 1931) o 1984 (George Orwell, 1949) –por nombrar solo algunos- vienen acompañados de desplantes feroces; pero en el origen de esas denuncias se encuentra ese acting de espantos que es el Totalitarismo, el Estado amenazando fagocitar al individuo.

Sin embargo, Michel Houellebecq trabaja, en esta ocasión, en una zona más extraña, donde el fascismo y el comunismo han interrumpido sus Apocalipsis por razones económicas y contradicciones internas, donde se arraigan las secuelas del Mayo Francés… Y en eso se esconde, tal vez, la clave que distingue Las Partículas Elementales de los relatos de Orwell y Huxley: la política temporal. Houellebecq no imagina el siniestro legado de nuestros gobiernos; representa el individualismo prehistórico de nuestra posteridad.

El marco cronológico de Las Partículas Elementales disuelve, en efecto, el lugar clásico de la auto-alabanza: no hay salvaje, rebelde o neohumano que se entrometa en el futuro para redimir nuestra decencia; no hay profecías maquinales ni apáticas (el hombre no va a salvar al hombre, y ya no importa lo que suceda en La Posibilidad de una Isla).

Estaríamos, pues, ante un texto que agolpa las identificaciones del lector en sus contemporáneos, garantizando su conmoción y empatía, por un lado; la comprobación de sus negligencias, por el otro. El autor manipula, nos promete un nivel de altruismo del que somos incapaces. Por eso, más que la fragilidad, el malestar o la incompetencia (que no faltan en la novela) la gran denuncia houellebecquiana es el cinismo posmoderno.

Sobre un fondo que diviniza la juventud; somete religiones e ideologías al pastiche; convence a las familias de su disfuncionalidad; y mercantiliza todo (sexo y modos de relación incluidos), se recorta el elenco: dos medio hermanos abandonados por su madre (una burguesa arrepentida, sexie y hippie) que se mantienen con vida mas de cuarenta años.

En Bruno y Michel, Houellebecq, además de invertir buena parte de su biografía, invierte el sello depresivo de una cultura a punto de pudrirse. Son seres que se definen por su obsesión (erotomanía y trabajo, respectivamente). No molestan. No introducen cortocircuitos en el sistema. Pero son, también, estados críticos, hay algo en esa modestia, en esos dramas que no tienen consuelo, que se vuelve trágico. Sabemos que la soledad, el frío y el silencio no solo son la medida del ser poscapitalista, sino, primordialmente, de la muerte.

En este sentido, la compasión que sentimos por los personajes más que a emoción suena a estafa, al intento desesperado de canjear sentimiento por esperanza… Se trata de una tautología, somos devueltos, así, a la transacción, al emblema de nuestra decadencia.

Imagino que la curiosidad del lector no podrá frenar sus impulsos de buena información. Recomiendo los siguientes sitios sobre Las Partículas Elementales:


10/06/09

"Descanso de Caminantes. Diarios íntimos" (Adolfo Bioy Casares, 1975-1989)




No importa lo cerca que estén en el tiempo las entradas de su diario; siempre imaginé a Bioy Casares en blanco y negro. Hasta ahora, el problema había sido apenas un residuo fotográfico; teníamos derecho a desconfiar… Con Descanso de Caminantes, sin embargo, la versión monocromática se esencializa: basta que Bioy describa o nombre algo para que parezca no estar a la moda.
Buscar en la vejez del autor la razón de esta impresión sería, como mínimo, paradójico. Si sus diarios (entre 1975 y 1989) abordan una y otra vez las molestias evolutivas no es para certificar su consumación, sino para negarla (acaso los inventarios de calles, estancias, médicos y marcas ¿no demuestran la lucidez de su memoria?).
La impostura cronológica de Bioy Casares deriva, más bien, de cierta suspensión sobre el mundo: casi nada, comenta Alberto Giordano (2006), adquiere valor de acontecimiento, de aquello “que no puede olvidarse porque todavía no termina de ocurrir” (p.156). La intimidad (no por inconfesable) es sepultada bajo el desapego, y es probable que eso sea condición de lo remoto.
Sólo dos cosas escapan a la anestesia emocional: los sueños y las enfermedades (propias). Dos despotismos biorrítmicos que, curiosamente, coinciden con otra vocación del autor: el narcisismo.
En efecto, además de la tendencia retrógrada, los diarios de Bioy Casares (o la selección de Daniel Martino) son matriz de cierta auto-idolatría, aún cuando el saldo sea el desprestigio del resto de los mortales (niños, esposa, amantes, colegas, pobres) y un bazar de gruñidos.
Conforme a las condiciones, es difícil recomendar la lectura de Descanso de Caminantes, pero si, pese a todo, usted se suscribe a ella, recuerde las pecas y la literatura de su autor, no tardará en reconocer a un personaje de Lewis Carroll que siempre es más infantil y mas viejo de lo que el tiempo exige.

30/05/09

"Menos que Cero" (Bret Easton Ellis, 1985)


Todo sería más fácil sin la dedicatoria. Si la intención descansara sólo en narrar el regreso del estudiante a un mundo anfetamínico y obsceno. Pero el problema no es la ferocidad del discurso. El problema es que Menos que cero es, de algún modo, un libro póstumo.
Tras la muerte, por sobredosis, de su amigo (Joe McGinniss), Ellis busca venganza y monta su versión de los hechos. La hipótesis es sencilla: acorralados por la frivolidad, la riqueza paterna, los trastornos alimenticios y los de sueño, las adicciones, el sexo y la imposibilidad de razonamiento; los adolescentes millonarios deambulan por Los Ángeles como verdaderas bombas de tiempo… El fenómeno necrológico se convierte, así, en una cuestión social; no tanto porque denuncia los monstruos que engendra el consumo, sino porque soborna con la promesa de una dignidad exclusivamente popular. En este sentido, nos emociona con parábolas del tipo: “el opulento nunca conocerá la verdadera riqueza de la vida y, además siempre estará solo…”
Desestimando la simpatía que inspira la revancha social (aún una meramente conceptual), rechazamos el uso intensivo del resentimiento como medio para subestimar al opresor. Creemos que un estereotipo que se demore en la superficialidad del poderoso es, metódicamente, infantil. No olvidamos que, en el campo del poder, aquellos que ocupan un espacio privilegiado abogan por la reproducción social, no por la autodestrucción.
No hay dudas, Ellis tiene talento. Su novela no falla como ficción y, tampoco, como consuelo (en la medida que el consuelo se sustenta en la ficción). Pero sí fracasa como lucha: sostiene una imagen oligofrénica del poder que mantiene, no obstante, la efectividad de su funcionamiento.

25/05/09

"Un descanso verdadero" (Amos Oz, 1982)



El hombre que fue otro


(Notas sobre los personajes centrales de la novela)


Hay una demanda sin la cual al Best-seller le resultaría difícil ser calificado culto en nuestro –tan occidentalizado- hábitat: la plusvalía instructiva. Así todo un rosario de curiosidades sociológicas (historia, geografía, clima, política, costumbres) honra la erudición del público, y exige al autor extranjero asumir su propia rareza.

Pero la excentricidad turística no parece responder aquí a un paladar aventurero, sino inaugurar, multiplicar y, al mismo tiempo, anular un prontuario de otredades acaso no tan clisé como el didáctico.

Los casos clínicos de Amos Oz están hechos de una paradoja, de una esquizofrenia natural, de un canje de devenires…

A lo largo de la primera mitad de la novela, Yonatán Lifschitz no hace más que postergar su fuga. La constancia es tan terca como la de cualquier usuario que reclama al 0-800. El hábito, como mínimo, escrupuloso. Paralizarse en el Km. 0, en esa zona neutra donde nada hay y, sin embargo, todo es posible; donde la inmovilidad da –proclaman los budistas- sensación de libertad; suele ser menos traumático, y más entretenido, que admitir la asincronía entre la vastedad del deseo y el peso de la realidad.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando el método de la atonía comienza a exasperar? Entra en escena (exaltado) Azarías Gitlin: la antítesis perfecta del buen sedentario, el otro… Coincidencia brutal, que, lejos de oponer identidades, pone en funcionamiento una disparatada máquina programada para evitar que alguien salga herido, deje un vacío o se quede con las ganas.

Pero, para que el drama no se disuelva (o para que se active), algo faltaba: la resaca de alquilar vidas ajenas.

En efecto, el paraíso no estalla del otro lado del espejo, se destripa. El prófugo es devuelto, entonces, a su remitente. Y el principio irrumpe sobre el final: ligados, entre otras cosas, por un cordón umbilical de procedencia dudosa[1], los personajes de la historia condensan (tal vez) sus singularidades, comprendiendo (acaso) que esa compulsión por ser distinto no es mas que la reacción instintiva ante el saber que todos sentimos o fingimos sentir lo mismo (amor, soledad, desgano, utopías) y en eso todos nos parecemos.



[1] Rimona está embarazada.

11/05/09

"Chesil Beach" (Ian McEwan, 2007)




Se podrían haber conocido antes. En algún concurso escolar sobre cultura. En 1959, en Trafalgar Scquar, donde coincidieron –ignorándose- junto a otras veinte mil personas decididas a prohibir los bombardeos.

Se podrían haber casado un año después. En 1963, cuando en Inglaterra todos los milagros de la promiscuidad comenzaban a enmohecer la culpa. El tiempo llegó demasiado tarde no sólo para Larkin. Llegó impuntual para Edward y Florence; cuando de su noche de bodas quedaba lo irreparable, la condición trágica de la revolución impensada, la piel sin estreno, el reembolso de los regalos…

A Freud le hubiese sido fácil, o al menos original, otorgar a los personajes de Chesil Beach los prestigios sintomáticos de cualquier victoriano. La reacción, hoy, suena lógica. Hecha a imagen y semejanza del sentido común es, también, interesante.

Quizá al suspender los hechos en un instante-bisagra (1962) McEwan no pretenda campear la moral puritana: sus rituales, sus catástrofes… sino resucitar el costado siniestro de nuestra retrospectiva.

Con siglo y medio de Darwin al ojal y más de cuarenta años de sexo, droga y rock and roll, parece costumbre confundir la posteridad cronológica con superioridad erótica, sanitaria y discursiva. No son sólo juicios amalgamados. Quiero que se entienda bien la situación. Es un acto de respaldo y conformismo: su arte consiste en vanagloriar los tapujos que supimos levantar, las verdades que creímos encontrar… en satisfacernos… en hacernos mejores. Es un gesto a contratiempo, que nada dice de la rebelión de Florence (resistencia que atraviesa tanto el pasado como el presente, y con el que no hace falta estar de acuerdo) y todo, en cambio, de nuestra alineación.

Todo el mundo –occidental- sabe cómo corromper la timidez. Hay películas, prácticas electrónicas o inflables, pastillas, manuales, ratones, zonas desoladas, inmuebles, antiguas profesiones, divanes, ovejas… Lo que se ignora por completo es cómo sortear la saturación de estímulos; cómo clausurar las demandas cosméticas y de consumo; cómo olvidarse de las obligaciones posturales… Cómo hacer de la sexualidad el espacio extra-ceremonial por excelencia: un lugar de intimidad, de pura anarquía, donde la actuación y la moda sean reemplazadas por el desenfreno. Cómo hacer propio un deseo después de dedicar años a expropiarlo. En otras palabras: cómo pensar otras formas de libertad.

¿Por qué burlarnos de Florence? ¿Para conmemorar nuestra esclavitud? ¿Por qué no ver en el respeto por el deseo –propio y ajeno-, en los fundamentos de su amor libre, una voluntad de sublevarse mucho mas honesta que nuestros alardes voluptuosos?



No desconozco que podría haber hecho un comentario mejor. Hablar, por ejemplo, de la diferencia de clases entre los amantes; del amor platónico; de la inexistencia- desprestigio de la adolescencia; de los malentendidos que cambian la vida entera de manera instantánea; del terreno del erotismo como violencia ( al mejor estilo Bataille); o del inevitable desencuentro en el amor y en la comunicación… Pero (¿cuándo no?) me he ido por las ramas y no fui fiel al proyecto de Ian McEwan. Para compensar mis desvíos tal vez sirvan los siguientes sitios web:

· Madame Bovary ha muerto” (entrevista a Jesús Ruiz Mantilla, Babelia)

· Ian McEwan en Chesil Beach” (Eduardo Mendoza, Babelia)

· “Chesil Beach” (Miguel Lodeiro)